sábado, 1 de diciembre de 2012

El mercado de mi barrio


Un viejo letrero, sostenido a unos tres metros de suelo por dos maderos igualmente viejos, ubicado sobre la puerta principal, con letras rojas sobre un fondo blanco, que más bien parece marrón por el polvo, recibe a todos sus visitantes; en la esquina inferior derecha se percibe el logotipo de la Municipalidad de Los Olivos. Desde donde se ve ese viejo letrero también se aprecia una fila de diez motaxis que aguardan la espera de la gente que, muchas veces presurosa, sale con sus productos; un puesto de periódicos, al cual se le acercan para solo leer las portadas; y una carreta de ceviche al paso con un letrero que dice: “ni para ti, ni para mí a solo S/.1.50”.

El mercado ‘2 de diciembre’  con 15 años de fundado, es el primero del Asentamiento Humano Los Olivos de Pro. No es el más moderno, tal vez se deba a que todo el perímetro esta hecho de improvisadas paredes de tripay y sus divisiones interiores no sean mejores que este incluso algunos solo están divididos por mallas, pero aún así es el más frecuentado por la amas de casa que todos los días viven con el martirio de él que cocinar. Los pasadizos son estrechos y mezclados de aromas que emanan cada sección y con el transcurso del día se ensucian con manchas de lodo de suelas de zapatos.

Andar por sus instalaciones, si es que se le puede llamar a así a sus polvorientos pasadizos, me recuerdan un poco a la vida; al entrar y dirigirse a la mano derecha se encuentra la sección de frutas y jugos los cuales evocan  un dulce aroma a fin de semana en familia; la sección de pescados y maricos con sus olor poco agradable tal vez te recuerde a una discusión con un amigo; el puestito de juguetes represente quizá el niño que todos llevamos dentro que dejamos salir esos fines de semana en familia; y en la parte posterior del mercado se encuentran los desechos, aquellas cosas que alguna vez nos sirvieron o que de pronto no queremos que nadie vea. 

Cajas de frutas arrinconadas a las paredes manchadas, hojas de lechuga tiradas en el suelo y hasta la basura se observa amontonadas en las esquinas de los puestos, puestos que, decorados con carteles de diferentes colores y diseños, buscan seducir a la gente para que gasten el poco dinero que tienen.

El mercado cobra vida desde las cinco de la mañana, que llegan los primeros camiones, hasta las seis de la tarde en que los últimos vendedores salen, uno a uno,  ya casi alcanzados por la noche. Al final del día, en medio del piso cubierto por productos dañados y pisados que se cayeron de las bolsas o simplemente no se los botó en la basura, el mercado cierra sus puertas y despide a sus últimos visitantes.

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