Un viejo
letrero, sostenido a unos tres metros de suelo por dos maderos igualmente
viejos, ubicado sobre la puerta principal, con letras rojas sobre un fondo
blanco, que más bien parece marrón por el polvo, recibe a todos sus visitantes;
en la esquina inferior derecha se percibe el logotipo de la Municipalidad de
Los Olivos. Desde donde se ve ese viejo letrero también se aprecia una fila de
diez motaxis que aguardan la espera de la gente que, muchas veces presurosa, sale
con sus productos; un puesto de periódicos, al cual se le acercan para solo
leer las portadas; y una carreta de ceviche al paso con un letrero que dice:
“ni para ti, ni para mí a solo S/.1.50”.
El mercado ‘2
de diciembre’ con 15 años de fundado, es
el primero del Asentamiento Humano Los Olivos de Pro. No es el más moderno, tal
vez se deba a que todo el perímetro esta hecho de improvisadas paredes de
tripay y sus divisiones interiores no sean mejores que este incluso algunos
solo están divididos por mallas, pero aún así es el más frecuentado por la amas
de casa que todos los días viven con el martirio de él que cocinar. Los pasadizos
son estrechos y mezclados de aromas que emanan cada sección y con el transcurso
del día se ensucian con manchas de lodo de suelas de zapatos.
Andar por sus
instalaciones, si es que se le puede llamar a así a sus polvorientos pasadizos,
me recuerdan un poco a la vida; al entrar y dirigirse a la mano derecha se
encuentra la sección de frutas y jugos los cuales evocan un dulce aroma a fin de semana en familia; la
sección de pescados y maricos con sus olor poco agradable tal vez te recuerde a
una discusión con un amigo; el puestito de juguetes represente quizá el niño
que todos llevamos dentro que dejamos salir esos fines de semana en familia; y en
la parte posterior del mercado se encuentran los desechos, aquellas cosas que
alguna vez nos sirvieron o que de pronto no queremos que nadie vea.
Cajas de
frutas arrinconadas a las paredes manchadas, hojas de lechuga tiradas en el
suelo y hasta la basura se observa amontonadas en las esquinas de los puestos,
puestos que, decorados con carteles de diferentes colores y diseños, buscan
seducir a la gente para que gasten el poco dinero que tienen.
El mercado
cobra vida desde las cinco de la mañana, que llegan los primeros camiones,
hasta las seis de la tarde en que los últimos vendedores salen, uno a uno, ya casi alcanzados por la noche. Al final del
día, en medio del piso cubierto por productos dañados y pisados que se cayeron
de las bolsas o simplemente no se los botó en la basura, el mercado cierra sus
puertas y despide a sus últimos visitantes.
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